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El día que EE.UU. dinamitó la primera gran liga de naciones en Latinoamérica

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A inicios del siglo XIX, el prócer venezolano Simón Bolívar apostó por la creación de una confederación de países hispanoamericanos, en interés de posicionar a la región como un actor de peso en el concierto internacional.
El día que EE.UU. dinamitó la primera gran liga de naciones en Latinoamérica

"Una sola nación, desde México hasta la Patagonia". La idea lleva más de 200 años resonando, con intensidad variable, en los vastos territorios que otrora pujaron hasta romper las cadenas del imperio que durante 300 años los sometió al yugo colonial y al despojo sistemático de sus riquezas.

Aunque no fue el primero en proponerlo, el planteamiento ha quedado atado al nombre de Simón Bolívar. De acuerdo con la reconstrucción que hiciera el antropólogo e historiador venezolano Miguel Acosta Saignes, corría apenas el año de 1810 cuando, en Londres, Bolívar defendió ante los ingleses la necesidad de que todos los pueblos latinoamericanos se unieran para conquistar su independencia y, a posteriori, conformaran una confederación.

Un lustro más tarde volvía a presentar esa posibilidad de la confederación –que asumía entonces abiertamente como utópica–, al plantear a los países que pugnaban por la independencia la idea de reunir un gran Congreso en el istmo panameño (para la fecha, parte la actual Colombia) que cumpliera un rol similar al que jugó el de Corinto para los antiguos griegos; es decir, basado en la anfictionía.

Esto escribía en su célebre Carta de Jamaica:

"Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación, con un solo vínculo que ligue a sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno, que confederase los diferentes estados que hayan de formarse […]. ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! ¡Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, para tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo".

Bolívar no abandonó la idea del Congreso, que acabó por celebrarse en 1826, aunque bajo unas condiciones muy distintas a las que había imaginado, pues no emanó de allí la posibilidad de integración confederada con la que soñaba una década atrás, sino que se realizó en condiciones que a la postre impusieron los criterios y prioridades de un actor que inicialmente no debía tener rol alguno en la confederación: la entonces joven república estadounidense.

Las razones que llevaron al fracaso de la propuesta bolivariana revisten complejidades y aún son motivo de debate entre los especialistas. Empero, está suficientemente claro que lo sucedido en la Panamá de 1826 inauguró una era –todavía inconclusa– de maniobras variopintas por parte de Washington para controlar lo que desde siempre ha considerado parte de su área natural de influencia y dominio.

La ruta anfictiónica bolivariana

Si bien desde el principio el Libertador reconoció las dificultades de la unidad de las naciones que habían conseguido cortar las cadenas del yugo español, o que contaban con posibilidades reales de hacerlo, eso no se tradujo en un abandono de sus propuestas integracionistas.

Empezó por casa. Bajo su liderazgo, Venezuela, su patria, y la Nueva Granada, se unieron en 1819 para formar la Gran Colombia. A ello siguieron la firma de los tratados de 'Unión, Liga y Confederación perpetua' entre Colombia la grande y Perú (1822), Chile (1823) y México (1823). En 1825, una vez que Centroamérica se separó de México, suscribió el correspondiente pacto.

De este modo, el 7 de diciembre de 1824 –dos días antes de la batalla de Ayacucho, con la que se selló la Independencia de las colonias españolas en Suramérica–, cuando convocó formalmente al Congreso, gozaba no solo de un alto prestigio militar ganado a pulso en los campos de batalla, sino que había tejido un sistema de alianzas que daba cuenta de su capacidad de maniobra política, así como de su evidente reconocimiento internacional. 

"Invité en ochocientos veintidós, como presidente de la República de Colombia, a los gobiernos de México, Perú, Chile y Buenos Aires, para que formásemos una confederación, y reuniésemos en el istmo de Panamá u otro punto elegible a pluralidad, una asamblea de plenipotenciarios de cada Estado 'que nos sirviese de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete en los tratados públicos cuando ocurran dificultades, y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias'", llamó a recordar el prócer en su misiva, que entonces extendió también a la recién proclamada República de Centroamérica.

En cuanto al objetivo de la convocatoria, el investigador mexicano Germán de la Reza identifica que "el areópago bolivariano se presenta, ante todo, como una instancia de protección de las soberanías recientemente adquiridas, desde una triple perspectiva".

Según su lectura, con la convocatoria en Panamá pretendía Bolívar posicionar a la región como un actor de peso internacional, capaz de proteger los intereses de los estados recién independizados, así como reforzar la capacidad estratégica y militar de la otrora América hispana frente a tentativas de reconquista de la metrópoli o de otras potencias y promover el republicanismo como un sistema de gobierno "uniforme" entre las excolonias. 

Capítulo aparte merece el emplazamiento. Con la vista puesta en el Corinto de los griegos, insistió Bolívar en que fuera en el istmo panameño porque la ciudad homónima estaba situada "a igual distancia de las extremidades" y, por tal razón, podía fungir como un punto de articulación para la naciente identidad regional y como enclave defensivo estratégico frente a eventuales agresiones extranjeras.

El monroísmo

Una omisión en la convocatoria bolivariana es igualmente elocuente: Estados Unidos. Simón Bolívar tenía fundamentadas razones para desconfiar. Aunque admiraba su proceso de independencia, advertía que ese país era ajeno a la identidad forjada en lo que luego se conocería como América Latina, y manifestaba que las autoridades estadounidenses habían postulado una acomodaticia postura neutral ante las guerras de independencia que se libraron al sur de sus fronteras.

Del lado estadounidense, el fulgurante liderazgo del prócer, sumado a sus ideas soberanistas, así como al incontestable poder militar de la Gran Colombia, eran motivo de reservas no menos grandes. No obstante, EE.UU. encontró en el vicepresidente grancolombiano, Francisco de Paula Santander, un aliado inmejorable para avanzar su agenda regional, sin tener que lidiar con la incómoda figura del general caraqueño, todavía embarcado en la guerra contra el Imperio español.

Así, aunque Bolívar había mantenido al país norteamericano expresamente al margen de la convocatoria, Santander estimó conveniente extenderle una invitación al Gobierno de John Quincy Adams, que fue posteriormente secundada por los cancilleres de México y Centroamérica.

En principio, la propuesta fue bien acogida por Washington, que con afinque en lo que luego se conocería como Doctrina Monroe, advirtió una oportunidad clara para demostrar fuerza ante su creciente rivalidad con Inglaterra por el control hemisférico, sintetiza De la Reza en un extenso ensayo sobre el fallido Congreso.

"Si no aparecemos allí, con probabilidad y muy merecidamente, veremos los sentimientos que deben unir a toda la América transferidos a otros gobiernos que saben apreciar mejor la extraordinaria importancia de la reunión", se lee en una nota publicada por el secretario de Estado de la época, Henry Clay, en el diario The National Intelligencer, con fecha del 26 de abril de 1825.

No obstante, el experto mexicano refiere que en los meses siguientes, Clay se manifestó en contra de "toda idea de un consejo anfictiónico investido con poderes para decidir las controversias entre los estados americanos o para regular en cualquier forma su conducta" y, en su lugar, abogó por "encuentros libres" para abordar asuntos de seguridad y comercio, despojados de todo carácter deliberativo. En línea similar, condicionó la validez de cualquier acuerdo alcanzado en el istmo a su ratificación en los congresos nacionales.

En esos mismos años, Washington sacó partido de la ruptura entre Centroamérica y México y suscribió ventajosos acuerdos bilaterales de cara a su expansión marítima, un objetivo estratégico que alcanzaría décadas más tarde y que afianzaría todavía más con el control del canal transocéanico concluido en 1914 en Panamá, tras jugar un rol activo en la separación de ese pequeño territorio de Colombia y su posterior independencia.

Quiebres internos

En el lapso entre la convocatoria al Congreso y su implementación efectiva, muchas cosas cambiaron para Simón Bolívar. En primera instancia, la gesta independentista lo apartó de facto del poder político centrado en Bogotá, lo que permitió la consolidación de una fuerte oposición liderada por el general Santander, que, aun sin el carisma ni el genio del caraqueño, también tenía altos méritos militares y políticos dentro de la Nueva Granada.

Por otro lado, Bolívar enfrentaba ya un fuerte rechazo de la casta colonial peruana, que nunca congenió con sus proyectos libertarios. Al mismo tiempo, pese a las simpatías personales –no exentas de profundas diferencias– entre el militar venezolano y el Libertador del Sur, José de San Martín, en las Provincias Unidas del Río de la Plata se aludía a la posibilidad de que la Gran Colombia pudiera ejercer una suerte de hegemonismo subcontinental, amparado en su poderoso ejército y en la fuerza política de su máximo líder.

A ello se añade que Santander era un abierto partidario del liberalismo económico, e incluso del enfoque monroísta, porque consideraba que era un punto de partida apropiado para edificar un sistema de alianzas regionales y extracontinentales menos polarizante del que, en su criterio, surgiría de la propuesta bolivariana.

Bajo su lógica, la protección estadounidense mantendría alejadas a las potencias europeas  de las nacientes repúblicas y estas podrían conservar su soberanía sin el 'corset' que imponía una gobernanza híbrida entre el federalismo y el centralismo, como la que regía en la Gran Colombia y devino en modelo general para la apuesta confederada de Bolívar.

Mientras, el Libertador acusó el golpe de su vicepresidente y recompuso la estrategia: EE.UU. sería invitado en pie de igualdad. Lo mismo el imperio de Brasil. También se extenderían invitaciones a Inglaterra y Países Bajos. 

¿Fracaso irreparable?

Aunque en 1824 parecía haber un plan firme para impulsar el Congreso de Panamá, su puesta en obra acusó enormes dificultades. En el paroxismo, las brechas entre el carácter anfictiónico que pretendía otorgarle Bolívar y las realidades particulares de las nacientes repúblicas, los intereses de las potencias europeas, y la pretensión estadounidense de consolidarse como la potencia emergente de la región, acabaron trocando esa original apuesta en un rotundo fracaso geopolítico para las fuerzas bolivarianas.

El primer fallo estratégico fue la magra asistencia. En medio de asincronías que se contaron en meses, solo lograron coincidir en Panamá los delegados de la Gran Colombia, México, Perú y la República Federal de Centroamérica. Los de EE.UU. y Bolivia no llegaron a tiempo para incorporarse a las sesiones, que se iniciaron el 22 de junio de 1826 y cesaron el 15 de julio del mismo año, tras la decisión de los concurrentes de trasladar las actividades a Tacubaya, por entonces un poblado en las afueras de la Ciudad de México, por motivos sanitarios.

En cuanto a la agenda formal del Congreso, De la Reza refiere que contemplaba "la renovación de los tratados de unión, liga y confederación; la publicación de un manifiesto en que se denuncia la actitud de España y el daño que ha causado al Nuevo mundo; el decidir sobre el apoyo a la independencia de Cuba y Puerto Rico, así como de las islas Canarias y Filipinas y celebrar tratados de comercio y de navegación entre los estados confederados".

Además se preveía "organizar un cuerpo de normas de derecho internacional; abolir la esclavitud en el conjunto del territorio confederado; establecer la contribución de cada país para mantener los contingentes comunes; adoptar medidas de presión para obligar a España al reconocimiento de las nuevas repúblicas; y establecer las fronteras nacionales con base en el principio de 'uti possidetis', tomando como base el año 1810".

No obstante, fue la intención declarada de "involucrar a EE.UU. para hacer efectiva la Doctrina Monroe" y así hacer frente a las tentativas españolas de reconquista, lo que reveló hasta qué punto había logrado penetrar Washington en el corazón del encuentro, con una estrategia de dominación que, según demostrarían los años siguientes, era la única viable para las condiciones geopolíticas, sociales y económicas de la época.

Así, por ejemplo, la idea de liberar a Cuba y Puerto Rico, central en la agenda bolivariana –entonces también respaldada por México–, quedó relegada por la oposición firme de la Gran Bretaña, que aconsejó no atizar nuevos conflictos con Madrid en el Caribe, en los que eventualmente pudieran incursionar otros países europeos e, incluso, EE.UU., desde donde amplios sectores políticos y económicos se oponían a la abolición de la esclavitud. 

Sobre este asunto, el investigador colombiano Adolfo Atehortúa Cruz apunta que "EE.UU. temía un levantamiento de los esclavos negros a favor de la causa emancipadora, que pudiera imbuir de libertad a sus esclavos sureños. Pero, ante todo, prefería a Cuba y Puerto Rico en manos españolas a que estuvieron en poder de Inglaterra o en alianza con sus hermanos centro y suramericanos. A España, finalmente, podría comprárselas, como ocurriría con la Florida, o podría arrebatárselas en guerra, como hizo para conseguir Puerto Rico, Cuba y Filipinas".

El experto no duda en calificar de "saboteo" el proceder de Washington hacia la convocatoria anfictiónica, al puntualizar que "tanto EE.UU. como Inglaterra influyeron ante las Provincias Unidas del Río de la Plata para que no asistieran" y, una vez trasladado el Congreso a Tacubaya, aprovecharon ese emplazamiento y el debilitamiento relativo del poder grancolombiano para avanzar sus agendas.

En suelo mexicano, los estadounidenses se comprometieron a respaldar el reconocimiento a las independizadas repúblicas ante España, a cambio de que el punto de la independencia de Cuba y Puerto Rico fuera desechado.

Las sesiones en territorio panameño concluyeron con avances parcos y compromisos vagos, recogidos en un 'Tratado de la Unión, de la Liga y Confederación perpetua', que solo fue ratificado por la Gran Colombia, donde ya los líderes pugnaban por hacer de Venezuela y Nueva Granada dos entidades independientes. Al cabo de cuatro años, el proyecto se hundiría sin retorno posible.

En 1829, alertado por la cada vez más agresiva política exterior estadounidense, Bolívar escribiría una frase que la historia ha querido conservar a modo de vaticinio trágico: "Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad". Murió al año siguiente, viendo su ideal unionista americano desvanecerse sin remedio. Acaso el revés del Congreso de Panamá fue el primer signo claro de esa debacle.

Hoy, el bicentenario de la cita es así recordatorio de un fracaso que trajo consecuencias de gran calado para todo el continente, pero también de un ideal que se niega a desaparecer.

No han faltado ensayos de integración regional, amparados –genuina o impostadamente– en la anfictionía de Bolívar. Mas, en todos los casos, Washington ha logrado imponerse por métodos que incluyen el uso de la fuerza, las injerencias, las sanciones económicas, los cercos diplomáticos y la cooperación de agentes internos en los países latinoamericanos y caribeños. Aunque el bolivarianismo cunde en buena parte de América Latina y el poeta Pablo Neruda aseguraba que Bolívar despierta cada 100 años, el Libertador sigue sin despertar.

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